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 Julio César de Cisneros
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Corrían los años 70...


En 1973 cayó el gobierno de Allende en Chile. En mi casa contábamos con una radio enorme, de madera y válvulas que desde que encendías el interruptor hasta que oías algo pasaban algunos segundos. Aquella radio tenía un sistema de sintonizar emisoras muy simple, detrás de una semiesfera de cristal, una aguja se paseaba por el dial por encima de un dibujo grabado del planisferio. Detrás, un cable pelado y semirrígido hacía de antena, que yo me encargué de unir a un cable de cobre y subirlo por la pared de mi casa hasta la azotea, donde la unía al tendedero de la ropa, buscando, de ese modo conectar con cualquier emisora del mundo....






Aquella radio había sido de mi tio abuelo Arturo, un hombre de origen alemán que nunca llegó a hablar el español muy fluido y que gracias a aquel aparato pudo hacer un seguimiento de toda la segunda guerra mundial.
La radio llegó a mi casa por herencia de mi tío Arturo el cual formó parte de una curiosa historia.
Allá por la primera guerra mundial un barco de guerra alemán se encontraba atracado en un puerto de las Islas Canarias, como habían perdido la guerra acordó la tripulación vender el barco y repartirse el dinero.
De ahí que muchos negocios y oficios como cervecerías, pastelerías e imprentas con apellidos alemanes se abrieran en esa época...
Cuando su mujer, que convivió con nosotros algunos años, se marchó con una hija que tenía en Venezuela, nos quedamos con la radio, la cual sería mi principal vínculo con acontecimientos históricos que influirán en mi vida y en mis ideas.... 


Mi balcón era un lugar mágico donde se guardaban los objetos más exóticos que mi imaginación alcanzaba a crear. Un lugar donde se guardaban las cajas que olvidaban otras vidas y otros tiempos, extraños desde luego para mí.
Recuerdo la caja donde estaba la gaita asturiana, los guantes de colores y las bufandas. Pero sobre todo aquellas magníficas botas de agua, cuya talla era demasiado pequeña para poder ponérmelas...